martes, 16 de febrero de 2016

LA ATRACCION

 
Cuando algo nos atrae, o nos repele poderosamente, se convierte en una pasión.

No nos basta con disfrutar de esa sensación, sino que empezamos a generar sobre ella actitudes de adicción, obsesión y posesión.
La pasión se desencadena cuando una persona comienza a pegarse a ella en exceso y a desarrollar una obsesión compulsiva, afán de posesión, celos y expectativas no fundadas.
En el extremo opuesto, cuando experimentamos una sensación desagradable hacia alguien es cuando surge la aversión, el rechazo, el odio, … que puede llegar a la autosugestión autodestructiva con el fin de hacer sentir lástima en los demás y manipularlos para atraer a aquellos que desea rechazando colectivamente a aquel que rechaza.

Tanto la avidez como el odio. son emociones intensas que se tornan en pasiones. Estas pueden llegar a absorver a una persona hasta el punto de aturdirla y alienarla.
La pasión te ciega, te domina y te roba el sentido. Se puede llegar a identificar tan ciega y mecánicamente con la pasión hasta el punto de perder todo control sobre sí misma, convirtiéndose en “pasión en movimiento”, ignorando a su consciencia y careciendo de toda consciencia de sí misma.

Siempre suele imponerse a la razón, salvo en el caso de personas muy racionales y maduras, con mente muy clara y controlada.

La pasión siempre condiona la conducta y comportamiento, llegando a anular por completo el entendimiento, pues toda pasión intensa enturbia la visión y distorsiona el discernimiento.
La persona sumida en la pasión puede perder el control de sí misma y dejar de ver la realidad tal y como es para contemplar sólo lo que se quiere o teme ver.

Aquellos con escaso autocontol, inmaduros, caprichosos, impulsivos y que, en resumen, no se conocen bien, son los más proclives a dejarse arrebatar por pasiones profundas.

La persona demasiado apasionada carece de juicio cabal e imparcial, de razonamiento claro y lucidez mental.

No hay apego más peligroso que el de las ideas, ni apasionamiento más pernicioso que el ideológico.
Lo mejor es llegar a reorientar y canalizar la energía pasional, evitando herirnos a nosostros mismos con ella o herir a los demás, algo que es digno de madurez emocional.
Una afectividad rica y verdadera no se asienta únicamente sobre la pasión, sino que al contrario, hace gala del desapego, porque la obsesión es una actitud que malogra infinidad de relaciones afectivas.

La pasión es el motor de la vida, es imposible de matar, pues si ella muere nosotros morimos. La pasión es como un león, de la misma manera que un domador no mata ni anestesia a los leones, nosotros no matamos ni anestesiamos las pasiones.
La represión es tan maligna como el apego descontrolado a la pasión. La represión provoca falta de vitalidad, inmadurez, perveriones sexuales, lujuria, infinitas enfermedades psicológicas, narcisismo,… Esas perversiones se llevarán a la práctica o no, pero lo que sí es seguro que estarán permenentemente atormentando nuestra consciencia, sin dejar un momento de paz. Por tanto, debemos aprender a sanarlas, para vivir una vida llena de vitalidad, fuerza, corage y sin miedos, sin miedo a nada, pues nada hay que a temer. Como dice un dicho tántrico: sálvate de ti mismo, pues tú eres tu mayor peligro.

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