jueves, 31 de diciembre de 2015

VOLAR CON LA HEROINA


Recuerdo esas tardes en los puentes de la Colegiata, un lugar donde nos reuníamos todos los compañeros para beber nuestros litro de cerveza. Eran campeonatos para ver quien aguantaba más.
Me río porque eran tardes en las que no se sabía quién iba a caer primero; una litrona y algún canuto que nos hacia la tarde divertida y algunas veces nos daba sustos.

Las amistades y la ignorancia fueron lo que me llevó a probar esa estupenda arma de matar, junto al camello que me espera a la puerta de casa o la salida del colegio.
Claro está que al principio todo era amistad con el camello que decía ser amigo y me invitaba, o si algún día quería comprar para mí o para mis amigos no tenía problemas con él.
Me fiaba o decía que no pasaba nada, que éramos amigos y eso era lo importante. ¡Sí! eran los primeros meses, pero después la amistad que parecía que había entre los dos ya no era la misma. Cada día que pasaba parecía que no podía prescindir de ella, algo mágico para mí y mis amigos, algo que si no estábamos colocados ya no disfrutábamos igual. No éramos nada.

Recuerdo esa mañana al levantarme, ¡joder! Era como si hubiese estado corriendo mil kilómetros el día anterior. Temblores, frío, dolor en todo mi cuerpo. No entendía qué es lo que me estaba pasando pero al probar otra vez esa droga, notaba que me encontraba bien. Ese fue el día que me di cuenta de lo que pasaba. El camello que tan amigo era, ahora me la cobraba y ya no me fiaba. Y si no tenía dinero, entonces ya no me la daba como hacia al principio. Fueron días difíciles para mi familia y para mí porque ellos sufrían por mí, pero ¡yo!, ¡yo! también sufría por el daño que les estaba haciendo.

Recuerdo ese televisor que se había comprado mi hermano, el "Chato". Le había costado su primer sueldo, pero yo se lo cogí de su habitación y lo vendí por dos papelas. Triste recuerdo el momento en el cual se dio cuenta y la paliza que recibí a cambio, y eso que le perdí perdón mientras me golpeaba y juraba que no lo volvería hacer. Sentía tristeza por lo ocurrido pero así era día tras día, hasta convertirme en nada...........                            
No servía para nada. Todos me odiaban. Y al principio no lo comprendía porque creía que estaban todos en mi contra. Entradas y salidas del reformatorio, por pequeños robos hechos en tiendas o colegio. Mi última acción terminó con un atraco en una tienda. Yo tan solo quería el dinero, pero la dependienta del local se puso como una loca y su marido había llamado a la policía antes de cogerme, no me dejaban marchar. Eran unos pobres diablos, quienes por afán de proteger unos cuantos duros, que para mi suponían la vida de un día, no me habían dejado otra alternativa y tuve que disparar. Ahora pienso en aquella persona que lo único que había hecho era proteger lo que era suyo. Lástima siento por aquel suceso pero deberían comprender mi situación, nadie me comprendía. Así lo creía.

Unos cuantos años de condena es lo que me llevó a recapacitar sobre todo lo malo que había hecho hasta entonces. Pero ya era tarde. Pronto empezó el calvario de los hospitales por todas aquellas sustancias que había consumido. Sin darme cuenta ya era tarde para dar marcha atrás.
¡Tonterías de niños! , eso es lo que decían las vecinas del barrio a la pobre de mi madre, -¡Umm! . Me río al pensar en aquellas señoras tan inocentes. No había día que algún agente de seguridad no llevara a casa.

Hoy, con treinta años encima, metido en este hotel de lujo, espero que me llegue la hora de salir para estar en casa con mi familia. La gente me trata muy bien, comida tres veces al día y no dependo de eso, lo que me ha llevado a esta situación: ¡heroína!
Siempre pensando en ella, mi única compañera, siempre a mi lado como lo hizo mi vieja, por mucho que le robaba y la insultaba. Ella nunca me abandonó, como hacen muchas madres. Ahora solo me queda contar los días y pensar en recuperarme pronto. Una hepatitis, neumonía, fiebres muy altas... ¡todo! Tengo de todo. Cuando me curo de una me viene otra . Apenas tengo visitas a no ser de mi familia, que me quiere mucho, menos dos de mis hermanos que no vienen porque les hice mucho daño durante mi adicción a las drogas.

Desde aquí arriba, desde esta habitación, esta ventana, se ve todo muy pequeño. Tan pequeño e insignificante como me debía ver la sociedad a mi mismo. Yo ahora he cambiado. La sociedad seguro que me ha perdonado y le rezo a Dios para que me ayude. Según el párroco del centro dice que Dios está ahí y que le pida, que él es generoso y siempre perdona, y no pide nada a cambio.

Este será el último pico que me vaya a meter ¡Lo juro!


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