miércoles, 2 de diciembre de 2015

El reloj,complice del tiempo

No sé en qué se me fue el tiempo’. ‘No tengo tiempo para nada’. ‘Necesito ganar tiempo’. ‘No me hagas perder tiempo’. ‘Ahorremos tiempo’. ‘Ojalá pueda hacerme un poco de tiempo para…’. Estas frases son lugares comunes en los diálogos y en los monólogos. Se las dice o se las piensa. La vida parece inconcebible sin reloj.

Modelos elegantes y costosos, estilizados, minimalistas, recargados, sencillos, de precios insólitos por lo bajos o por lo altos. Los relojes están aquí, entre nosotros, para recordarnos que el tiempo transcurre, que somos hijos de él.

Hasta que se inició la dictadura del reloj, los seres humanos vivían conscientes de que eran parte de la naturaleza; no se sentían ni al margen ni por encima de ella. Los ciclos de la Luna, la secuencia de las estaciones, las posiciones del Sol en el cielo, los celos de los animales, eran observados y respetados; los ciclos de la propia vida (niñez, adultez, vejez) también, y eso que hoy conocemos (y tememos) como tiempo era una experiencia subjetiva y natural. En la cultura hindú no existía el temor al paso de las edades porque se consideraba que, aunque transcurrieran el tiempo y la vida, el ser era permanente. El tiempo era circular, no una flecha a la que había que perseguir o de la que era necesario huir.

¿No será acaso que, puestos a usar ‘productivamente’ el tiempo, hemos perdido contacto con aquello que hacemos: conversar, amar, leer, cocinar, caminar, mirar la caída o el nacimiento del sol, escuchar música, sólo escucharla, mirar nuestro entorno, el mundo en el que vivimos y al que pertenecemos?

La vida interior remite a una búsqueda intransferible, que nadie puede hacer por cada persona. La búsqueda de las prioridades esenciales, de esas que no se miden por lo que exhibimos, sino por nuestro estado emocional. Para esta búsqueda hay que darse tiempo. ‘Otra clase de tiempo’,que no está en los relojes ni en los calendarios. ‘El mundo puede ser medido con un reloj y después computadorizado’.Pero esto es sólo la manipulación del tiempo, un ejercicio que se realiza en la superficie y no en la profundidad de la vida. Tiene un alto contenido de ilusión.

En realidad ,en el interior de cada individuo hay un ritmo personal, el ritmo de su naturaleza intransferible. Cuando las personas no están en sintonía con esa cadencia y aceptan, o se imponen a sí mismas, otros ritmos, el tiempo empieza a ser un problema en sus vidas. Y seguirá siéndolo mientras se lo afronte como una cuestión de medidas. El tiempo es más que el uso que hacemos segundos, minutos, horas, días, semanas, meses o años.’La programación y el control eficientes del tiempo a menudo resultan contraproducentes’

El tiempo, en fin, somos nosotros. No está en los relojes ni en los calendarios. El tesoro a recuperar, cuando sentimos que el tiempo es una fortuna perdida, es nuestra vida. Lo que hacemos con nuestra vida es lo que hacemos con el tiempo.

Cada persona puede traducir esto a acciones propias, singulares, intransferibles e irreemplazables. Mientras no lo hace, el tictac del reloj suena con más intensidad. Y genera ansiedad. Cada vez que alguien se hace responsable de su vida, elige lo que le permite estar en armonía profunda consigo, y no pide que le den una vida ni que se la diagramen, sino que la construye responsablemente, su alma se aquieta, encuentra paz. Y el reloj pasa a segundo plano. Porque el alma no usa reloj.

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